Soy una privilegiada que, a medida que aumento años, mejoro el aprecio a los privilegios que me quedan y a aquellos que descubro con el tiempo. Disfruto más que nunca cuando tengo un encuentro con un amigo, una comida, una copa y una conversación. Me despierto y corro las cortinas. Qué bien, llueve. Qué bien, hace sol. Qué bien: me he despertado y he descubierto las cortinas. Tengo cortinas, tengo cama en la que dormir a cubierto y de la que salir para dirigirme al balcón y descubrir el día. Estas cosas las pienso mientras mi mente también disfruta de otras. Qué leeré hoy, a quién veré hoy, con quién me cruzaré por la calle. Qué escribiré. Quién me leerá. En dónde lo hará. ¿Le gustaré? Una frase mía, ¿ayudará a alguien en algo?
Por tanto, lo menos que puedo hacer es disfrutar del privilegio de escribir, del privilegio de este contacto. ¿Saben ustedes cuándo lo siento más profundamente? Déjenme que se lo cuente. Ocurre cuando, de noche ya, salgo a la galería del piso del Eixample en el que tengo el privilegio de vivir, y me dispongo a ejecutar la privilegiada ceremonia de retirar las sábanas que durante el día se han ido secando en el tendedero. Primero de todo, miro al cielo, qué suerte, hay estrellas. O qué suerte, está nublado, si no llego a tiempo a retirar la ropa, la lluvia la habría ensuciado mañana.
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