miércoles, 16 de febrero de 2011
Lo que nos pasa en una tarde...
Una tarde del verano pasado, mis amigas y yo quedamos para ir a darnos una vuelta por la calle, porque las piscinas habían cerrado por una huelga general, según nos dijeron fue porque las personas que superaban los 75 años querían una piscina para ellos solos y los socorristas no estaban de acuerdo. Estuvimos un largo rato en la hierba del parque mirando las nubes y pensamos en ir a la huelga, pero cuando una de nosotras dijo quienes iban a estar presente allí se nos quitaron las ganas. Así que seguimos mirando las nubes. Más tarde nos entró el hambre, como si estuviera todo planeado para que nos entrara el hambre a las cinco que estábamos allí y decidimos ir a un kiosko del barrio para ir a comprar algo, pero con la suerte que tenemos no podía estar abierto, y así fue, el kiosko estaba cerrado por la huelga general de las piscinas, o eso ponía en el cartel. Entonces después de pensar un largo rato que hacer, se nos ocurrió ir al Alcampo porque ese lugar era un centro comercial y no lo iban a cerrar por una huelga de piscinas y de kioskos. De camino allí no se nos ocurrió otra cosa nada más que pasar por debajo de una obra y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos llenas de yeso blanco en la cabeza, imposible de quitar porque estaba mojado y a los cinco minutos con el calor que hacía se había secado. Asi que sin pensarlo más, seguimos andando camino al Alcampo, llenas de sudor y con en pelo lleno de yeso y despeinadas por los nervios de querer quitarlo y no poder. Todo iba perfecto, bueno perfecto no... pero por lo menos no nos había pasado nada más, hasta que de repente a un hombre que salía de otro supermercado, se le cayó una lata de mejillones enlatados enfrente de nosotras y se abrió y nos salpicó toda la cara y la ropa, por lo que parecía que nos habían echado caramelo y harina en el pelo, como si fuera carnaval y hubiéramos decidido ir de tartas. Al final llegamos sucias y salvas al Alcampo, para suerte de nosotras estaba abierto y pudimos pasar, pero claro con las pintas que llevábamos el policía dudó en dejarnos pasar por si manchabamos algo, así que nos dijo que antes fuéramos al baño a lavarnos. Cuando estabamos ya más o menos decentes pasamos al alcampo, a comprarnos algo de comer para el hambre repentina que nos entró en el parque y que con todo lo que nos había pasado se nos quitó, pero ya que nos había costado tanto llegar, teníamos que aprovecharlo y además allí se estaba fresquito. Después de dar vueltas y vueltas por el supermercado no encontré galletas príncipe con forma de estrella que era las que quería asique me tuve que conformar con una pantera rosa. Decidimos ir a pagar y una de mis amigas dijo que a ella le gustaba pagar en la caja amiga asique fuimos, pero las dos cajas que había, tenían una cola de un kilómetro y medio. Otro punto de suerte para nosotras. Entonces buscamos otra caja, una que no tuviera mucha gente, la número seis. Esperamos un rato hasta que la cajera, Inés, se llamaba, que comía chicle sin parar y no se le entendía cuando decía el precio atendió a la persona que iba delante de nosotras. Era una mujer mayor, y un poco extraña, iba vestida con un delantal de parches con alambres colgando por abajo y en la punta de estos como bolitas de plastilina, también tenia un moño, casi blanco entero pero con algún pelo gris, pudiendo ver que era morena cuando era joven. Estaba hablando con mis amigas cuando de repente se acercó a mi y me dijo algo al oído que yo no entendí y después se puso a sonreir y a mirarme fijamente hasta que me dio tanto miedo con esos ojos tan abiertos que yo también sonreí, y se fue. Cuando ya nos tocaba pagar la cajera nos dijo que mi abuela nos había dejado su cuenta para pagarla porque ella tenía prisa, nosotras no entendíamos nada porque no habíamos ido al Alcampo con mi abuela y entonces le preguntamos a la cajera y nos dijo que la señora de antes le había dicho que era mi abuela y que le pagaba yo la compra. Mis amigas y yo nos pusimos tan nerviosas que no sabíamos como reaccionar y le intentamos explicar que esa mujer le había mentido pero ella no nos creyó y llamo al policia. Este llegó a la caja y se acordaba de nuestra cara y de nuestras pintas que llevábamos cuando entramos al supermercado, asique no nos creyeron y tuvimos que pagar la cuenta de la señora, juntando dinero entre todas. Salimos del Alcampo super enfadadas cuando de repente vimos a la señora con dos carros de supermercado y fuimos a hablar con ella para explicarle lo que había pasado pero salió corriendo. De repente se paró en seco y se dio la vuelta, entonces nosotras nos asustamos y de una vez empujo uno de los carros hacia donde estábamos. En ese momento nos sentimos un poco mas tranquilas porque pensábamos que ella nos había devuelto lo que le habíamos comprado porque eso no había estado bien y entonces al ver que sonreíamos se fue. Mis amigas y yo decidimos coger las bolsas y sentarnos para ver que es lo que habíamos comprado y que servía para nosotras. Cuando las abrimos, una onda de pánico y angustia salio de nosotras, junto con un grito. Dentro de las bolsas no estaba lo que habíamos comprado, todas tenían pelo humano cortado en trozos muy pequeños, por lo que la señora se había llevado todo lo que nosotras compramos.
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